jueves, 29 de diciembre de 2011

El jefe está bailando

El jefe está bailando
En el mundo latino, los lugares tienen carácter, identidad, ciudadanía, nacionalidad. Un bar, un hotel, un restaurante, una tienda, un museo atendido por latinos; se sale de los esquemas del primer mundo, se salta el protocolo, pone de primera mano la cara de la persona que atiende en su cargo, antes que la Institución.
Esto puede filtrar todo tipo de temperamentos y por eso la moneda tendrá muchas caras: largas, despóticas, displicentes, desatentas; pero con más frecuencia puede uno encontrarse con seres especiales, gente que se sale del uniforme para mostrar una sonrisa que deja huella, que cuenta una historia.
En el mundo Caribe esa presencia viene adobada con la salsa de un mundo que vibra con la música, con la danza; que ha sido criado en la ondulación de la brisa que mueve las palmeras, en el vaivén de las olas, en el cambiante temperamento del clima; fenómenos determinantes que han logrado que su gente no se acomode en los esquemas.
La rigidez del corsé no resiste la cadera que baila, el cordón no amarra al pie que creció descalzo, ni el cuero acaricia, como lo hacía el aire, a quien se acostumbró a la sandalia. El brazo no está a gusto en el uniforme, ni la mano en el guante; cuando con ellos desde siempre, con la puntualidad del tic tac del latido primordial, desde la cuna, se ha llevado el compás.
Mientras en el primer mundo los empleados se pierden entre el organigrama y a veces no son ni siquiera el nombre que exhiben en su escarapela, en estas islas de soles casi perpetuos, te atiende gente que te  mira a los ojos y ríe, gente que mientras trabaja, trata de entretenerse hasta la hora de quitarse su traje de empleado, para volver a a ser calle, zapato brillando con su ritmo la acera, el salón de baile, o la propia baldosa de la casa, aunque sea al momento de trapear.
Una cosa son las diferencias estructurales de la nacionalidad reflejadas en los estilos de atención al público que denotan un estatus organizacional y otra la esencia cultural que permea lo establecido. Me explico: no es lo mismo ir al Museo Metropolitano de Nueva York, donde de una vez te inscriben como cualquier turista de Disney para que compres el combo de atracciones; una tarifa si se va una sola vez, otra si es con la familia, otra si se piensa volver varias veces al año, otra si vas a las sedes alternas, otra si… varias opciones; o asistir a la Tate Gallery en Londres donde el estricto espíritu inglés se refleja en la sobria manera de presentarte un evento y aunque existan opciones comerciales con ventajas comparativas, nadie las ofrece de una manera tan inevitable. Siguen los ejemplos y cada cultura hace lo propio de acuerdo a sus características.
España intenta vender sin suficiente convicción, el plan de ingreso unificado con descuentos para todos sus grandes museos, Italia promueve sus maravillas; pero son tantas las sutilezas que aparecen en el camino, en países que no se entienden a sí mismos como un paquete donde todo cabe; que terminan siendo ellos mismos, a su aire, toda una personalidad organizativa.
Entonces queda determinado culturalmente el horario de atención en España para incluir la siesta, cosa que Estados Unidos prefiere resolver aumentando turnos, porque la idea es abrir la tienda.  Es la nacionalidad como estilo gerencial.  A partir de esa estructura, el primer mundo funciona en un esquema tal, que ningún empleado aparece como protagonista, ni se desajusta de la norma, ni modifica lo establecido, y si lo hace se va.
Otra cosa pasa en el mundo latino, en el Caribe; donde la patria aparece en las instituciones como un individuo con acento, color, sabor y vida propia; como una entidad con tanta fuerza que puede, por ejemplo, cambiar lo establecido sin ningún pudor.
Por eso, en Santo Domingo, si llegas al Museo del Hombre Dominicano a las 4 de la tarde, un 27 de diciembre, te van a decir que el horario preestablecido no es válido, que el cierre será una hora antes de lo previsto, y debes correr; si pretendes ver las piezas memorables que coexisten con las maquetas escolares.
Si vas al museo de las Casas Reales, vas a encontrar a los guardianes a punto de salir bailando para la fiesta que les correspondería a esa hora si no estuvieran protagonizando sus jornadas laborales. Si vas al museo de Diego Colón, a lo mejor ni siquiera verás a los guardianes. La música está prendida, suena fuerte, ya no es un tema del audífono del funcionario, se mete a los parlantes institucionales, los empleados tienen afán de que todo eso termine de una vez para irse a lo suyo, o tal vez, están asomados a la ventana viendo las escenas de una pareja de novios que se retratan con sus trajes de boda en la plaza. Si estuviera en sus posibilidades, reducirían las grabaciones de las audio guías para que todo quedara en su lugar: el del cese de actividades, el único que permitirá que al fin empiecen las actividades soñadas, las parrandas, los encuentros en familia, las aceras tomadas, para tomar la cerveza al ancho de la misma.
En el Museo de la Familia Dominicana, la casa de Tostado para más señas,  (bien valdría aclarar que no se trata del museo de la familia dominicana como tal, que sería hermoso si existiera, sino el de la familia acaudalada que heredó una ruina de 1500 y la reconstruyó a su antojo y después trasladó lo que pudo comprar en varias galerías de anticuarios españoles y franceses y en casas de gente humilde que se desencartó de sus vejestorios por unas cuantas monedas; hasta formar un mundo ecléctico con sala, comedor, alcoba principal, alcoba de la señorita, cocina, salón de costura, bibliotequita -rídicula por cierto porque esos españoles aunque no leyeran, tenían libros y salones para los mismos-, sin pieza de servicio, ni alcobas de los mayordomos, ni nada de esas bobadas intrascendentes: una mezcla de objetos de todos los siglos, nada despreciables por demás); en esa casa donde el turista paga su boleta para entrar a un recinto sagrado de la cultura, tranquilamente puede encontrase en su recorrido con dos oficiales de la institución comiendo un aromático pastel envuelto en hoja, en pleno patio principal, destino primordial del recorrido turístico.
El hecho en sí, no tiene nada de malo. La gente almuerza, además el almuerzo se ve bien, no importan las descripciones pero, guardadas las proporciones, esto equivale a una escena surrealista, maravillosa por cierto, en la cual el museo del Louvre se paraliza mientras dos empleados se atragantan con su creppe, o su baguette, o cualquier cosa que se les ocurra, frente al cuadro de la Mona Lisa. La hipótesis, de cumplirse; podría darles, si no cárcel, al menos un despido fulminante a los empleados; pero en este caso, el almuerzo en el jardín es ejercido con tanta propiedad por los funcionarios, que es el turista quien se avergüenza de interrumpir su jornada alimenticia.  
Y a todas estas uno se pregunta: ¿Dónde está el jefe? Y la respuesta es: El jefe está bailando.

martes, 27 de diciembre de 2011

Santo Domingo no tiene paraguas

Las nubes pasan y oscurecen la isla como si fuera a desaparecer. La lluvia cae oblicua y se inmiscuye en los aleros bajo los cuales la gente baila sin pretextos, moja las sandalias de las chicas que se mecen en su danza ancestral. Entonces parecería el final de la fiesta. Es recia la lluvia, baja desde la oscuridad de unas nubes densas que han recogido agua a mares. Suena la próxima canción y ya el sol brilla, evapora los charcos que se van con las nubes y otra vez tiempo seco, otra vez calor, a veces una brisa persistente, tibia, descuaderna la prensa de los señores que se sientan a ver pasar el tiempo; despeina los turistas en la plazas, frente a las catedrales y las fortalezas, al lado de las murallas, en los bares y restaurantes de la calle del Conde. 
Da gusto recorrer esta ciudad irregular, donde la Colonia aparece espléndida en algunos edificios y en otros se desmorona como su recuerdo. Hermosos palacios coexisten con las ruinas de tiempos mejores, casas inmaculadas son vecinas de vejestorios que nadie aún se atreve a rescatar para volverlas hotel, restaurante o galería; como tantas otras que ya han visto mejores tiempos, donde ahora se congregan los franceses, sobre todo los franceses; los españoles, pocos norteamericanos y una somera muestra de turistas latinos que no se dejan sentir. Los demás transeúntes que a veces colapsan la circulación en las aceras y se toman las calles de la ciudad colonial, son los dominicanos en racimos, como los plátanos con los que cocinan sus delicias, los dominicanos en familias, en parejas, en tumulto rumbo a la plaza España; rumbo a las fiestas que en los fines de semana reúnen orquestas patrocinadas por el Ministerio de Cultura; los dominicanos engalanados para oír el concierto de navidad en la Catedral Primada, la primera de América; cuyo arquitecto Alonso de Rodríguez, después construiría la catedral de Méjico; los dominicanos disfrutando su noche del 25 de diciembre hasta el amanecer; en la ciudad colonial, en el Malecón, en los barrios, siempre con la música como protagonista.
Una cadencia Caribe desplaza las caderas de las mujeres, una elegancia galante y discreta, se percibe en los piropos de los hombres. Son amables los dominicanos, también impacientes, pitan con anticipación en sus travesías por la ciudad, por la gran urbe moderna, la del polígono donde confluyen las grandes avenidas, los buses, los taxis informales, los más formales destartalados, los oficiales.
Siempre habrá algo para hacer en el día y en la noche de Santo Domingo, caminar, ver museos, probar las delicias regionales en los restaurantes del Malecón, ver los chicos saltando desde el acantilado que lo resguarda, con sus trajes para el agua, que no corresponden a ninguna moda distinta de su ropa interior; montar en coche, mirar las artesanías, caminar, caminar, caminar; ir a los bares donde se funden la salsa, el son, el bolero, la bachata; caminar, caminar, ver los barcos enormes arribando al puerto y metiéndose en las narices de la ciudad, descubrir la microscópica Chinatown con sus restaurantes deliciosos, ir al Jardín Botánico, recorrerlo en tren y a pie, disfrutando de la flora y la fauna, sin esperar encontrar algo para comer distinto a galletas y gasesosas, recorrer la Plaza de la Cultura, el Museo de Arte Moderno, el Museo del Hombre, que en su pequeña colección exhibe algunas piezas que son verdaderas joyas arqueológicas, caminar, caminar, caminar.
Por supuesto los amantes de las playas podrán atestarse en Boca Chica, en Juan Dolio, en Punta Cana y demás paraísos esterilizados, refinados y promocionados internacionalmente o buscar las playas idílicas; donde siempre la naturaleza y la calidez de sus habitantes, permitirán sentirse a gusto en esta república consagrada al domingo como fiesta de guardar, al domingo como descanso obligatorio.

Cena de navidad


Cena de navidad

Tartare de vieiras condimentado con cebollino, leve toque de guindillas, limón y briznas de hinojo.
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Esta noche que celebra nacimientos, logra enterrar el bullicio de las calles. Es la noche de las esquinas vacías, la gente desaparece, busca en vano una cuna, alguien que mienta hasta el próximo año, cuando el desierto de la noche retumbe en las plazas silenciosas y una fiesta sea de nuevo pretexto para el engaño. Mañana la gente paseará su resaca por el malecón.

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En forma de media naranja, la corteza es una delgada capa de salmón ahumado con penacho de caviar y su pulpa está hecha de gajos de carne de cangrejo. Este plato se acompaña con una copa de espuma de aguacate decorado con una muela de cangrejo. Al lado, medallones de langosta hervida y un toque verde de alfalfa fresca.

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Quinientos años así, de la misma manera, este patio da la espalda al mar y lo mira de frente por otra de sus esquinas. Así, como desde entonces, las piedras vueltas arcos sobre columnas roídas por la sal, lo bordean. Siglos de muertos percuten con sus voces en el túnel de los aljibes. Para esta casa, Nicolás de Ovando, trajo su España para siempre. Aquí aún está sentada a la mesa con sus tacones de plata. Las nuevas reinas de la Conquista, exhiben sus melenas que cabalgan en el viento de su antigua Colonia, España en las esquinas pesa mientras posa para la foto. Nadie parece darse cuenta.

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Cerdo relleno con corazones de pollo trufados. Salsa de ajo confitado. Ramillete de espárragos ceñidos con un anillo de jamón serrano.

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¿Quiénes son ustedes, los que se sientan a mi lado y cenan en las mesas contiguas, los que se emocionan y se vuelven carcajada en todos los idiomas, los que llegaron como yo con su maleta, desde un lugar anónimo?¿Qué clase de historia brota de sus cámaras que han mirado más que ustedes la ciudad donde coincidimos? ¿De cuál aldea del mundo escaparon ahora?, ¿De cuál rincón del invierno pretenden vengarse con su piel achicharrada, con su sobredosis de luz fugaz? Vecinos del jardín de la Colonia, aposentados sobre las piedras de la terraza: Nunca los volveré a ver. No tiene importancia lo que hagan, lo que han hecho. Ninguna circunstancia nos repetirá la intrascendencia de este encuentro.
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Postre de chocolate decorado con verde chillón y una mantequilla dulce con la que podría pavimentarse el pedregoso callejón del hastío. Café y agua, por favor.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Un experto fotógrafo y un cochero

Santo Domingo. Diciembre de 2011.
De viaje, sola, corroboré mi torpeza infinita para un asunto tan idiota como ponerle el cordón a la cámara nueva que compré en Panamá. Todo el tiempo del desayuno se perdió tratando de entender el dibujito, hasta que salí a caminar con la esperanza de encontrar a alguien que me hiciera el favor. Pues llegué a la esquina y apareció una familia con abuelos y nietos y un señor con una cámara pispa y yo le dije: Disculpe... ¿me podría hacer un favor?, y el señor me contestó: Usted es paisa y yo le dije que sí y que si por favor me ayudaba. El señor resultó siendo un director de fotografía que trabaja para empresas importantes colombianas y ha hecho la dirección fotográfica de dos películas. Yo le agradecí y él me dijo que de nada y que yo cómo me llamaba y yo le dije: Cristina Toro y me dijo: para mí es un honor conocerla. Es más, en este momento tenemos el guión de una película y hemos pensado proponerles a ustedes que trabajen con nosotros. ¡Qué tal la coincidencia! En todo caso, quedó garantizado que el cordón quedó puesto por un profesional y después salí en el coche de caballos de Leonardo a dar una vuelta por la ciudad. Aprendí muchas cosas con la bella manera de expresarse del cochero, quien me mostró la calle de la simericordia, (misericordia), me mostró los monumentos, según él todos, incluidos los edificios Art Deco, fueron construidos hace 500 años y sobre todo entendí por qué la avenida principal se llama el Malecón. Tan brutos nosotros, que no sabíamos que se llama así porque está al lado del mal.